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No "tengo que ..."
por David Kelley
Tomado de IOS Journal, Volumen 6,
Número 1, Abril 1996.
¿Cuántas veces a la semana decimos
"Tengo que ..."?
Tengo que sacar la basura ... cambiar el aceite del
carro ... pagar mi tarjeta Visa ... Tengo que hacer una
presentación en la reunión de ventas ... dar examen
final de Física ... entretener a la familia política
esta semana ... Mi mujer y yo tenemos que hablar en serio sobre el
problema escolar de la hija nuestra ... o cuanto gastamos en comida
... o la pelea que tuvimos ayer ... Tengo que perder algo de peso
... dormir más ... tener más iniciativa en mi
trabajo.
De esa clase son las cosas que típicamente
aparecen en las listas de "Pendiente", y en los
propósitos de Año Nuevo. Y la mayoría de ellas,
tomadas literalmente, son falsas. En la práctica del
Objetivismo es importante tener presente exactamente por
qué son falsas.
Ayn Rand, en su ensayo "Causality Versus
Duty" (reproducido en "Philosophy: Who Needs It"),
contó la historia de una mujer a la que se le dijo que
tenía que hacer algo. "Señor: [contestó la
mujer] no hay nada que yo tenga que hacer excepto morirme."
Rand comentó:
"Vida o muerte es la única alternativa
fundamental del hombre. Vivir es su acto básico de
elección. Si escoge vivir, una ética racional le
dirá cuales principios de acción son requeridos para
poner en práctica su elección ..."
"La realidad confronta al hombre con gran
cantidad de 'deberes', pero todos son condicionales; la
fórmula de la necesidad realista es: 'Ud. debe, si ...', y
esos 'si', quedan a su elección ..."
Si quiero comer, debo seguir ciertos pasos para
obtener comida. Si quiero practicar la medicina, debo adquirir los
conocimientos y habilidades necesarias. Si quiero tener un
matrimonio feliz, hay cosas que debo hacer para lograr ese valor. En
general, no podemos lograr valores sin esfuerzo; y la naturaleza del
esfuerzo está determinada por los hechos de la realidad, y
más específicamente: por la ley de causalidad, que
relaciona a las acciones con sus consecuencias, a los medios con sus
fines. En tal sentido, hay gran cantidad de cosas que tenemos que
hacer. Pero hay siempre un implícito "si": si es
que queremos lograr el fin en cuestión. Toda empresa depende
de nuestro compromiso con el objetivo, y nada hay en la realidad que
imponga ese compromiso sobre nosotros. Decir "tengo que"
es hablar en el lenguaje de la compulsión, del deber, de la
autoridad, de mandatos o restricciones impuestas desde fuera. El
Objetivismo no es una ética del deber sino de los valores,
siendo los últimos y fundamentales nuestra propia vida y su
felicidad.
El lenguaje de los valores es "Yo quiero"
y "Yo voy a": Yo quiero tal cosa, y voy a hacer lo que se
requiera para lograrla.
Hablar en lenguaje de los valores en lugar del
deber "quiero" en vez de "tengo" constituye un
recordatorio diario de que vivimos por elección, con la
libertad y las responsabilidades que ello comprende. Cuando pienso
en una tarea como algo que quiero hacer, afirmo que es un ejercicio
de escogencia, y una acción que sirve a mis valores. Pero
cuando pienso en esa tarea como algo que "tengo que"
hacer, la despego de mis valores, y mentalmente cedo una
porción de mi vida a un poder ajeno; las horas que ella toma
se sienten como un impuesto retenido sobre mi tiempo en la
tierra.
Por supuesto, lo importante no son las palabras en
sí mismas, sino el pensamiento que hay detrás de
ellas. Muchas personas insistirán en que cuando dicen
"Tengo que", hay un "si" que está
implícito. Que han escogido sus objetivos, y que simplemente
se están concentrando ahora en los requerimientos que la
realidad les impone si han de lograrlos. Bien. Pero hay peligros en
dejar implícito el "si"; y ventajas correlativas en
decir y pensar explícitamente "Yo quiero."
1) El lenguaje de los valores nos mantiene
enfocados en nuestra responsabilidad por nuestras elecciones. Cuando
alguien nos hace una invitación que no deseamos, es muy
fácil decir: "Me encantaría, pero tengo que
estudiar para el examen ... o visitar a mi mamá ... o llenar
mis declaraciones de impuestos." De hecho podría elegir
aceptar esa invitación, pero tengo otros valores a los cuales
dedicar mejor mi tiempo. Lo cual es cierto sin importar si
tengo una excusa convencionalmente aceptable un real
compromiso u otra obligación o si simplemente quiero
leer un libro o salir con otra persona. La mayoría de
nosotros se esquiva de decirlo en palabras como esas, para no herir
los sentimientos de la otra persona. Pero lo que en efecto estamos
diciendo entonces es: "Mi tiempo no me pertenece;
solo puedo justificar mi rechazo a su invitació porque tengo otro deber que
cumplir." Pero
nada tiene tal exigencia para mí, fuera de mi
elección, basada para mí en mis propios valores. Puedo
actuar con tacto al declinar la invitación, pero no tengo por
ello que ceder la responsabilidad por mis acciones en pro de alguna
necesidad impersonal.
2) El lenguaje de los valores nos mantiene en
contacto con el hecho de que nuestros propósitos son
proyectos en curso, y que libremente renovamos nuestros
compromisos a ellos mientras los desarrollamos. Los valores importantes en
nuestras vidas, tales como una carrera o un matrimonio, incluyen
compromisos a largo plazo. Tales valores estructuran nuestras vidas
en el tiempo, integrando los días y los años en un
todo que tiene significado. El peligro es que los vayamos a ver como
compromisos que hicimos en algún punto del pasado, y a los
cuales ahora estamos atados. Es fácil para un objetivo
volverse nuestro amo en lugar de nuestro sirviente, una nueva forma
de deber antes que un medio para nuestra felicidad y bienestar.
"Tengo que ir a una reunión de ventas
esta semana; no es mi actividad preferida, pero es parte de mi
trabajo. Sí, teóricamente podría renunciar,
pero desorganizaría totalmente mi vida. Yo me metí
en este baile, ahora tengo que bailar. Así que tengo que ir a la
reunión." Es el lamento de alguien cuyos objetivos se
han fosilizado en deberes. Aunque se hace responsable de su actual
situación, esta es de respuesta pasiva ante demandas externas
antes que procurar activamente su felicidad. Cuando parece
más natural decir "Tengo" que "Quiero",
es tiempo de detenerse a hacer inventario. Incluso si decido
quedarme en un empleo insatisfactorio, puedo reafirmar no obstante
que elijo cada día procurando así un valor incluso en
una reunión aburrida.
3) El lenguaje de los valores nos ayuda a hacer
elecciones específicas. Todo el mundo tiene más cosas
que hacer que tiempo para dedicarles. Una de las certidumbres de la
vida es que habrá cosas de la lista no tachadas al final de
la semana. Para decidir cuales cosas hacer y cuales dejar, el
enfoque racional es poner cada tarea en su contexto: ¿a
qué fin sirve?, ¿cuán importante es lograrlo?,
y ¿qué valor prioritario le doy?
Si pienso en términos de "Quiero",
esas preguntas surgen automáticamente, y puedo ajustar el uso
de mi tiempo a mis valores de mayor alcance. Pero si pienso en
términos de "Tengo", mi mente no se plantea esas
importantes preguntas. Los "tengo" tienden a ser entonces
todos iguales: divorciados de mi jerarquía de valores, se
autopresentan en una misma fila, haciendo idénticas demandas
de mi tiempo. Mis decisiones sobre cómo emplear mi tiempo se
sienten así arbitrarias; me siento culpable de lo que dejo
sin hacer, o dejo todo para ser hecho en algún futuro no
especificado (el cual en su momento se llenará con su propia
nueva cosecha de "tengos").
4) El lenguaje de los valores aún puede llenar
labores subalternas, como sacar la basura, con la significación
de los fines a que sirven. No hay voz alguna en el cielo que me
mande a sacar la basura. Soy libre para dejar que se acumule en mi
cocina, si estoy preparado para convivir con el olor, el desorden y
el peligro para mi salud. Pero de hecho valorizo un ambiente limpio
y ordenado. Es intrínsecamente satisfactorio para mí
tener un hogar que sea confortable y estéticamente agradable,
no infestado de basura. Tan pronto como focalizo en lo que quiero al
sacar la basura, ello se convierte en un modo de experimentar ese
valor concretamente.
Muchas de las cosas que sentimos que tenemos que
hacer son valores instrumentales: cosas que hacemos como medios para
fines ulteriores, aunque no son placenteras en sí mismas. Son
los fines ulteriores, las cosas que encontramos
intrínsecamente satisfactorias como el trabajo
creativo, una relación romántica, una buena
conversación, una experiencia estética
conmovedora, las que dan significado a nuestras vidas. Sin
embargo mucho de nuestro tiempo se gasta en tareas instrumentales.
Vale la pena el esfuerzo mental de mantenerlas firmemente conectadas
a los fines intrínsecamente valiosos a que sirven, haciendo
de ellas cosas que queremos hacer.
Un gran logro de Ayn Rand como filósofo fue
probar que todos los valores son instrumentos al servicio de la
vida. Su gran logro como novelista fue mostrar a
través de sus héroes de qué manera el
compromiso apasionado a la propia vida puede investir con
significado intrínseco cada momento, cada tarea, cada valor
instrumental. "No importa qué noche la precediera,
[Dagny] nunca supo de una mañana en la que ella no sintiera
al levantarse una silente excitación, que se transformaba en una
contenida energía en su cuerpo y un hambre de acción
en su mente, por ser el comienzo del día, y por ser un
día de su vida. ... Se sentó en su escritorio sonriendo
en desafío al sinsabor de su trabajo. Odió el informe
que tenía que terminar de leer; pero era su trabajo, era su
ferrocarril, era su mañana."
Por todas esas razones, considero un ejercicio
útil hacer una corta pausa cuando me encuentro pensando
"Tengo que", y preguntar: ¿Quiero? Pienso que es
una liberación sentirse despertando al comienzo de un
día con el entendimiento de que "no tengo nada que
hacer hoy." No es una experiencia que deba reservarse para
los domingos en la mañana, o el primer día de
vacaciones. Es verdad cada día de nuestras vidas.
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